When Fake News Got Personal

A Spanish translation of this article is included below the original. Se incluye una traducción al español de este artículo debajo del original.

My grandfather is 84 years old. We called him Momo because, when I was a baby, that's how I pronounced his name. He is almost 5'3 tall, has a long white beard that makes him look like Santa Claus, is chubby, and gives the best hugs. Momo is a retired geography teacher who loves to read about the Incas and Peruvian society and defines himself as a socialist. I find it remarkable how he always looks for ways to help others. I love him very much and admire his humility, courage, and unconditional love.

But that does not matter.

The only thing that matters now is that he has heart failure, asthma, he is part of the working class and cannot afford medical care.

The coronavirus is here, and it is a death sentence for my grandpa.

I discovered that the virus had arrived in Peru while on a road trip with my dad. Because of that announcement, what was supposed to be a time to relax and enjoy the beaches of the coast became a time of stress. During the trip, I couldn't stop thinking about our broken healthcare system and how that would cause so many  preventable deaths. The sunsets, the paddleboard, the food — none of that mattered when I realized that one of the people I love most was at high risk.

It was after that trip that my dad and I planned a detailed plan to protect Momo.

The first step we took was to ban him from going to the movies and everywhere with a lot of people. He could only go to the grocery store and the park. We taught him how to wash his hands and what to do before and after going out. My dad bought hand sanitizer, masks and filled his house with everything he needed. My aunt filled his fridge with fruit and bought him an HBO and Netflix subscription. We did everything so that he could socially distance.

When it was announced that the coronavirus has spread throughout my city, I began to feel anxiety and sadness. However, knowing that the most vulnerable person in my family was safe made me feel relieved. At least, until I found out that my grandpa had ignored everything we told him. He had taken the train and gone to the mall and the movie theatre. If one of his neighbors hadn’t called us to tell us what was going on, we probably would never have found out.

My family was devastated not only because he broke our trust in him but also because he could have contracted the disease and spread it to others. He has asthma and heart failure, and the coronavirus could kill him. I find it hard to believe the fact that my grandpa, who seemed so smart, believed what a WhatsApp message full of lies said. He thought COVID-19 was created by China in laboratories to stop capitalism and destroy the United States, and that the deaths reported so far had not occurred. "It's like any flu. There is no evidence that all of those people have died."

Now more than ever, we have to protect others; we have to show solidarity and help even those we don't know. The death rate from the coronavirus may be low for most of us, but for some people, like those with pre-existing conditions, this can be fatal. Those who have died are parents, grandparents, siblings, or neighbors; they have died alone and in pain. We must help, and the easiest way to do this is by not sharing false information. There is fake news on Facebook, WhatsApp, and Twitter; that information in the wrong hands can cause death. Let's learn to differentiate what is real and what is not. Teach your family and friends how to tell what is the accurate information from reliable sources, and ultimately make them realize the dangers of sharing fake news.

Indifference is our biggest problem, so let's fight it.

The following is a Spanish translation of this article by the author

Cuando las Noticias Falsas se Volvieron Personales

Cómo en tiempos de coronavirus, un mensaje de Whatsapp puso la vida de mi abuelo en riesgo. 

Mi abuelo tiene 84 años. Le decimos Momo porque cuando era un bebé así es como pronunciaba su nombre. Tiene 5’3 de estatura, una barba blanca que lo hace parecer Santa Claus, es gordito y da los mejores abrazos. Momo es un profesor de geografía jubilado al que le encanta leer historia peruana y se define como socialista. Me parece notable como el siempre busca maneras de ayudar a otros. Lo quiero mucho y admiro su humildad, coraje y amor incondicional.

Pero eso ahora no importaba.

Lo único que interesa es que sufre de insuficiencia cardiaca, asma, que es parte de la clase trabajadora y no puede pagar servicios de salud.

El coronavirus está aquí y es una sentencia de muerte para mi abuelo.

Descubrí que el virus había llegado al Perú cuando estaba en un paseo de carretera con mi padre. Es por ese anuncio que lo que se supone que era un tiempo para relajarnos y disfrutar las playas de la costa se volvió un tiempo de estrés. Durante nuestro paseo no podía parar de pensar en lo terrible que es nuestro sistema de salud y como eso causaría múltiples muertes que se podrían prevenir. Los sunsets, el paddleboard, la comida - nada de eso importaba cuando me di cuenta que una de las personas que mas amo tenía riesgo de morir. 

Fue después del paseo que mi padre y yo creamos un detallado plan para proteger a Momo. Lo primero que hicimos fue prohibirle ir al cine y a cualquier lugar con alta concentración de personas. Ahora solo podía ir al supermercado y al parque. Le enseñamos a cómo lavarse bien las manos y que hacer antes y después de salir a la calle. Mi padre le compró gel de manos, mascaras y llenó su casa con todo lo que podría necesitar. Mi tía puso en su refrigerador frutas y snacks, además de comprarle una suscripción en Netflix y HBO.Hicimos todo lo posible para que pudiera distanciarse.

Cuando se anunció que el coronavirus se había empezado a expandir por mi ciudad empecé a sentir tristeza y ansiedad. Pero el saber que la persona más vulnerable en mi familia estaba a salvo me hacía sentir aliviado. Hasta que descubrí que mi abuelo había ignorado todo lo que le advertimos. Había tomado el tren e ido al mall y al cine. Si uno de sus vecinos no nos hubiera llamado para contarnos lo que hacía nunca lo hubiéramos descubierto.

Mi familia quedó devastada no solo porque rompió nuestra confianza en él, sino también porque pudo haber contraído la enfermedad y contagiar a otros. Tiene asma e insuficiencia cardíaca, y el coronavirus podría matarlo. Me resulta difícil creer el hecho de que mi abuelo, que parecía tan inteligente, creía lo que decía un mensaje de WhatsApp lleno de mentiras. Pensaba que COVID-19 fue creado por China en laboratorios para detener el capitalismo y destruir los Estados Unidos, y que las muertes reportadas hasta ahora no habían ocurrido. "Es como cualquier gripe. No hay evidencia de que todas esas personas hayan muerto".

Ahora más que nunca, tenemos que proteger a los demás; Tenemos que mostrar solidaridad y ayudar incluso a aquellos que no conocemos. La tasa de mortalidad por coronavirus puede ser baja para la mayoría de nosotros, pero para algunas personas, como aquellas con afecciones preexistentes, esto puede ser fatal. Los que han muerto son padres, abuelos, hermanos o vecinos; han muerto solos y sufriendo. Debemos ayudar, y la forma más fácil de hacerlo es no compartiendo información falsa. Hay noticias falsas en Facebook, WhatsApp y Twitter; esa información en las manos equivocadas puede causar muertes. Aprendamos a diferenciar lo que es real y lo que no. Enseñemosle a nuestros familiares y amigos a cómo diferenciar cuál es la información de fuentes confiables. Hágalos darse cuenta de los peligros de compartir noticias falsas.

La indiferencia es nuestro mayor problema así que luchemos juntos.

You might also like

More from this author